Los días anteriores al Cónclave para la elección del sucesor del Papa Francisco eran de mucho bullicio en la ciudad de Roma, pero también de comentarios, expectativas y predicciones en todas las poblaciones del mundo, fueran parte o no de la tradición católica. Y no era para menos. El legado del Papa argentino y jesuita había sido de mucho impacto positivo para toda la feligresía católica, pero también, para muchos y muchas no-creyentes que apreciaron en él a un crítico de las injusticias y de los que hacen daño al planeta, además de un entusiasta predicador de la esperanza y la paz. Los comentaristas “especialistas” en religión vaticinaban la elección de un nuevo Papa; y figuraban entre los “favoritos” unos europeos, un asiático e incluso un africano. Las apuestas se incrementaban por adivinar si el nuevo sucesor de san Pedro sería un moderado, un radical o un tradicionalista. Las ansias por contemplar el humo blanco saliendo de la chimenea de la Capilla Sixtina se desbordaban por todos lados.
La elección de un Papa inesperado
¡Habemus Papam!, pronunció desde el balcón el cardenal Mamberti. Y entonces estalló el júbilo entre los presentes en la plaza de San Pedro y en los que seguían la transmisión por televisión o en línea. Pero el nombre del cardenal electo no figuraba entre los “favoritos” de los comentaristas. Robert Francis Prevost, de nacionalidades estadounidense y peruana desconcertó a muchos y puso a otros tantos a teclear su nombre en los buscadores de internet para conocer más sobre su vida y su ministerio. Un Papa inesperado para los especialistas de religión que no figuraba en sus listas de “papables” y que los hacía quedar sin palabras, ¡retractarse jamás! Pero para los fieles de la comunidad católica alrededor del mundo, era un papa esperado, que recordaba uno de los episodios bíblicos más impactantes de la vida del apóstol Pedro.
Sucedió después de la resurrección del Profeta, Jesús de Nazaret. Después de tres días en el sepulcro, María Magdalena había ido para perfumar el cuerpo de su amado y admirado Maestro. Pero el cuerpo ya no estaba inerte dentro de la tumba; se había levantado y se apareció a ella para enviarla como mensajera (apóstol) de la buena noticia: Jesús no estaba muerto, había resucitado y esa noticia debía ser comunicada a todos los rincones de la Tierra. María corrió y llegó a donde estaban los diez apóstoles -Judas no pudo con su cargo de conciencia y había decidido quitarse la vida, y Tomás no estaba en ese momento con los demás- y llena de alegría comunicó lo que había experimentado en el sepulcro vacío. Igual le había pasado a la joven Rebeca cuando vio a su amado en el pozo de agua: “La joven corrió a anunciar a casa de su madre todas estas cosas” (Gen 24,28).
El evangelista san Juan narra lo que sucedió a continuación (Jn 20,1-9). Dos de los apóstoles, de los más cercanos al Rabí, salieron de la casa, donde se encontraban encerrados llenos de miedo, rumbo al sepulcro (en las afueras de Jerusalén); eran Pedro y Juan, ¿tal vez el más viejo y el más joven? Ambos salieron corriendo, como el profeta Elías ante la manifestación de Yahvé (1 Re 18,46). Como de esperar, Pedro ya no corría como antes, más bien, trotaba -quizá alguna rodilla le dolía un poco- y fue superado por el paso veloz y constante de Juan, quien llegó primero al sepulcro. Juan vio los lienzos en el piso, pero no entró al sepulcro. Esperó que llegara Pedro, con algo de agotamiento, sudando y todavía jalando aire a sus pulmones. Pedro entró al sepulcro y tocó con sus propias manos los lienzos. Y solo cuando Pedro entró, después de haberlo esperado por un rato, fue que Juan también entró, vio y creyó.

El papa León XIV no fue el que esperaban los medios, ni el que pronosticaban los especialistas, pero fue al que debían esperar los creyentes con fe.
Ese pasaje bíblico del final del cuarto evangelio nos recuerda que hay creyentes que “corren” aprisa en su camino de fe. Buscan respuestas más convincentes, plantean preguntas nuevas, reflexionan con planteamientos profundos sobre cuestiones doctrinales y morales, cuestionan conductas clericales que son escandalosas. Pero a pesar de todo, se detienen para esperar al sucesor de san Pedro, aunque marche con paso lento. El papa León XIV no fue el que esperaban los medios de comunicación, ni el que pronosticaban los especialistas, pero fue al que debían esperar con paciencia los creyentes con fe. Quizá Pedro no era, a los ojos humanos, el apóstol más idóneo para ser el primero en “entrar” al sepulcro vacío y presenciar la Resurrección, pero fue el elegido por Jesús para liderar a sus hermanos. Tampoco Prevost era el cardenal esperado a los ojos del mundo, pero es el designado por el Espíritu para guiar a sus hermanos.
Y tomó el nombre de León XIV
Otra sorpresa del nuevo Papa fue la elección de su nombre. El número catorce en la lista de sucesores de san Pedro que han tomado el nombre de León. Desde la teología bíblica, el león ha sido un símbolo de fortaleza y decisión inquebrantable. Recordemos que Judá, uno de los doce hijos del patriarca Jacob, era comparado con un cachorro de león (Gen 49,9) como presagio de la determinación con la que los reyes de Israel, como David y Salomón, gobernarían el reino. Tener un “corazón de león” (1 Sam 17,10) equivalía a tener un ánimo firme, sin vacilaciones. La Palabra de Dios, con su fuerza y su dinamismo, es comparada en repetidas ocasiones por los profetas con el rugido de un león, como en Amós 3,8: “Ruge el león, ¿quién no temerá? Habla el Señor Yahvé, ¿quién no profetizará?”
El mismo evangelista san Juan que narró la carrera de san Pedro al sepulcro, relata también el rugido de un león en su libro del Apocalipsis. En el capítulo 10, el apóstol cuenta cómo tuvo la visión de un ángel bajando del cielo y envuelto en una nube. Tenía un arcoíris en su cabeza, con su rostro como el sol y sus piernas como columnas de fuego. Traía en su mano un librito (blibliarídion) abierto y gritó con voz potente, como cuando ruge el león (Ap 10,3). Entonces siete truenos hicieron oír su fragor. La Palabra de un profeta, de un ángel o de un Papa debe tener la potencia de un rugido estremecedor de león, como cuando el papa León I se encaró con el temido líder de los hunos.
Atila I era el poderoso y temible rey de los hunos, que los romanos calificaban como bárbaros. Sus piernas arqueadas daban cuenta de su habilidad para montar a caballo por mucho tiempo, siendo capaces de lanzar flechas a pleno galope. El rey Atila había ya saqueado varias ciudades del imperio romano en siglo V, como un león persiguiendo a su presa. Su fama de violento se había extendido por todo el mundo hasta el extremo de ser apodado por los cristianos “el azote de Dios”. En el año 452, Atila y sus soldados se dirigían a la última y más importante ciudad del imperio: Roma; nada parecía interponerse en su camino. Pero el papa León I, con la determinación de un corazón de león y la fuerza de su palabra como un rugido, salió a su encuentro para disuadirlo de entrar a Roma, la sede del sucesor de Pedro. Atila regresó a sus tierras y León a su sede, la ciudad se había salvado.

La Palabra de un profeta, de un ángel o de un Papa debe tener la potencia de un rugido estremecedor de león
El apóstol Pedro sabía que también los enemigos de la fe son como leones devoradores: “Sean sobrios y velen. Su adversario, el diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar” (1 Pe 5,8). El encuentro de Atila y de León I fue, sin duda, el encuentro de dos leones, en los que el Papa salió victorioso. La misma valentía había tenido Pedro al enfrentar en Jerusalén a los sacerdotes y miembros del Sanedrín y negarse a acatar la orden de no predicar en nombre de Jesucristo. Arriesgando su vida, Pedro les respondió con el rugido de su palabra: “No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20). El papa León XIV también está llamado para predicar la Palabra de Dios con el corazón y el rugido de un león, con la valentía que caracterizó a Pedro y a León Magno, en un mundo donde fuerzas poderosas y oscuras buscan acallar la verdad y la justicia.
Un Papa entre fragilidades y retos
El apóstol Pedro recibió de Jesús, su Maestro, palabras llenas de afecto y de confianza. Pero también Jesús dijo a Pedro la frase más dura que pronunció en su ministerio de tres años. Era un día caluroso y de caminata extenuante. Ya hacía hambre y el crujir de tripas lo recordaba en cada paso. El día de ayer lo habían pasado tan bien, tan a gusto en la cima de aquella montaña. Las nubes los cubrían del calor, la brisa del mar los refrescaba, el pasto les servía de cama. Y, por si fuera poco, se sentía la presencia de Dios de una manera que era difícil explicar. Solo estaban ellos, el Maestro, Juan, Santiago y Pedro. “¡Qué bien estamos aquí!”, gritó Pedro rompiendo el silencio ¿Para qué bajar de la montaña? Hagamos tres chozas y quedémonos aquí.
Pero Jesús no le hizo caso, decidió bajar y reunirse con el resto de los discípulos. Para colmo y sorpresa de todos, Jesús tomó la firme decisión de ir a Jerusalén, donde le esperaba rechazo, adversidad y, muy probablemente, algo trágico. Eso ya era demasiado para Pedro. Se impacientó, perdió la calma y hasta se molestó con su Maestro. Lo llevó aparte, sin que nadie los oyera, y trató de convencerlo para que no se dirigieran a Jerusalén. Era mejor tomar otro rumbo, tomar un descanso, volver a las ciudades donde los habían recibido muy bien o, ¿por qué no?, regresar a la montaña donde tan bien la habían pasado. Nadie imaginaba la respuesta de Jesús; las palabras firmes y claras de aquel hombre que se había mostrado lleno de ternura y compasión con todos: “¡Quítate de mi vista Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios sino los de los hombres” (Mc 8,33).
Aunque estaban apartados, esas palabras de Jesús fueron lo suficientemente fuertes como para ser escuchadas por los demás, lo que explica que las transmitan tres de los cuatro evangelistas. Pedro estaba desconcertado, no daba crédito a lo que acababa de escuchar. De la molestia pasó al asombro y hasta algo de tristeza. Necesitó tiempo para digerirlo, meditando y reflexionando. Recordó seguramente cuando el Satán incitó al rey David a realizar un censo entre los hombres de su pueblo para formar un ejército, poniendo su confianza en los hombres y no en Dios (1 Cro 21,1). Se acordó de las veces que había escuchado el relato del rico empresario Job, quien había sufrido las tentaciones del Satán para alejarlo de Dios en medio de sus desgracias y pérdidas (Job 1).
Entonces comprendió que él, Pedro, no podía ser una causa de tropiezo para sus hermanos. Más aún, esas palabras y la memoria de algunas de sus fragilidades como haberse quedado dormido mientras el Maestro oraba (Mc 14,37), haber dudado de la palabra de Jesús mientras caminaba sobre las aguas (Mt 14,31), o haberlo negado tres veces mientras sufría camino al calvario, le hicieron recapacitar sobre la condición humana, frágil e impaciente, que tenía que tener siempre en cuenta. Él, Pedro, comprendió -con la ayuda de unos cuantos regaños del Maestro- que la iglesia edificada sobre él era también frágil y proclive a cometer errores y pecados.
El reto de Pedro fue, entonces, como sigue siendo ahora para León XIV, conservar la humildad y la capacidad de pedir perdón por los errores y los abusos cometidos, ¡hasta setenta veces siete! Los abusos de los integrantes de la iglesia, de la que el Papa es factor de comunión, se han convertido en los nuevos “satanes” que generan escándalo y ponen dudas y retos para la fe de todos los creyentes. Pero la respuesta está también en el ejemplo del mismo Pedro, quien supo ser dócil y humilde para pedir perdón, perdonarse a sí mismo, y desempeñar su servicio sin las pretensiones de un rey (como David), sin los lujos de un gran terrateniente (como Job), sino con la sencillez de un pescador del lago de Nazaret.
Un agustino, un hijo de San Agustín
Robert Francis Prevost, estadounidense y descendiente de migrantes franceses e italianos, tomó la decisión de consagrarse como hijo de San Agustín desde su juventud. Leyó en su noviciado los libros clásicos del santo de Hipona -norte de África-, las Confesiones y La Ciudad de Dios. Pero también leyó y meditó con los comentarios que san Agustín hizo de textos bíblicos, principalmente del Nuevo Testamento. Prevost descubrió, entonces, la fascinación que su fundador había tenido por la Escritura Sagrada, al punto de señalar que cuando un cristiano rezaba, le hablaba a Dios; pero cuando leía la Biblia, era Dios quien le hablaba.

El papa León XIV también está llamado para predicar la Palabra de Dios con el corazón y el rugido de un león, con la valentía que caracterizó a Pedro y a León Magno
Agustín de Hipona, aunque hijo de una madre cristiana, que posteriormente también sería canonizada, había estado buscando en corrientes filosóficas y religiosas la verdad suprema que diera sentido a su vida y satisficiera sus preguntas. Como joven curioso, incursionó en ritos paganos y formó parte de la corriente del maniqueísmo. Sin embargo, su vida dio un vuelco total al leer las cartas de san Pablo. Desde entonces, la lectura constante y profunda de las epístolas del discípulo de Tarso lo configuraron más y más con el llamado “apóstol de los gentiles”. En la carta a los Gálatas, fue inevitable que Agustín reflexionara sobre la relación entre san Pablo y san Pedro que, por cierto, a veces fue ríspida.
Pablo de Tarso, también llamado Saulo, llevaba ya un tiempo predicando el Evangelio de Jesucristo a todos por igual, israelitas y gentiles. Pero la respuesta más favorable no la había tenido entre sus correligionarios israelitas, sino entre los gentiles que escuchaban el kerigma -primer anuncio- de la vida, muerte y resurrección de Jesús el Nazareno. Con esa emoción y confianza de lo que Dios estaba obrando en los gentiles a través de su predicación, Pablo tomó camino rumbo a Jerusalén para buscar a Pedro y presentarle los frutos de su misión. Pedro dio crédito de lo que Dios estaba realizando por la persona de Pablo y otorgó su bendición para que continuara con su proyecto evangelizador a los no-judíos (Gal 2,7-9).
Sin embargo, unos días después, Pablo y Pedro coincidieron en Antioquía, una ciudad importante y bulliciosa, donde la comunidad cristiana era numerosa. Pablo ya estaba ahí, preparándose para tomar sus alimentos. Fue entonces que llegaron algunos cristianos -de esos a veces hay- intransigentes, cercanos al apóstol Santiago, quienes seguían pensando que la predicación del Evangelio debía ser solo para los judíos. Pablo no les prestó mucha atención, pues los conocía y había intentado disuadirlos de su intransigencia sin mucho éxito. Pero entonces notó que Pedro, que antes no tenía problema alguno en comer y convivir con esos gentiles convertidos al cristianismo, ahora los evitaba para no quedar mal con los seguidores de Santiago que habían llegado de Jerusalén (Gal 2,12).
San Pablo, con la firmeza de carácter que lo caracterizaba, se puso de pie, encaminó sus pasos hacia Pedro, le pidió que se levantara y, viéndolo a los ojos, le recriminó por su actitud: “me enfrenté con él cara a cara, porque era censurable” (Gal 2,11). El verbo usado por Pablo que se ha traducido como “enfrentar” (en griego anthistemi), literalmente, es ponerse ante alguien para retarlo o reprocharlo. En otras ocasiones, Pablo usa ese mismo verbo, por ejemplo, para hablar de los que se oponen a la autoridad de Dios: “De suerte que quien resiste a la autoridad resiste a la disposición de Dios, y los que la resisten se atraen sobre sí la condenación” (Rom 13,2). Era, pues, un asunto muy serio que confrontó a los dos apóstoles más prominentes de la iglesia naciente, dos de sus columnas más importantes.
Podemos imaginar la expectativa que ese enfrentamiento generó en todos los que estaban ahí presentes. Uno de los dos tenía que ceder, o quizá, ambos tenían que ceder en algo. El relato de Pablo nos deja con la incógnita de cómo terminó ese episodio incómodo para todos. Pero sabemos que Pablo continuó con su labor misionera entre los gentiles hasta el confín del mundo y que Pedro se trasladó a Roma para ejercer su liderazgo como factor de unidad y comunión entre todos los cristianos, provinieran del judaísmo o de la gentilidad. Según la Tradición de la iglesia, tanto Pablo como Pedro murieron como mártires en la persecución del emperador Nerón contra los cristianos de Roma. La liturgia celebra la solemnidad de ambos apóstoles juntos, el 29 de junio.
Sin duda, el fuerte enfrentamiento que tuvieron no fue un obstáculo para que ambos siguieran prestando su servicio a la iglesia. Es de suponer, con un poco de imaginación, que en aquel desencuentro se dieron la mano y, por el bien de la iglesia, superaron sus diferencias. Pedro, seguramente, como reconoció sus errores en el pasado -como cuando se arrepintió de sus tres negaciones de Jesús- también en esa ocasión aceptó que no estaba actuando de acuerdo con los valores del Evangelio y enmendó su conducta, ofreciendo su amistad y su consejo a los gentiles convertidos al cristianismo. Eso enseñó a san Agustín, y a sus seguidores como el papa León XIV, que pueden existir enfrentamientos fuertes, pero siempre en búsqueda de la verdad y del bien de la iglesia. El Papa, como antes Pedro, está llamado a la disponibilidad para recibir consejos y, quizá, alguna llamada de atención de sus hermanos, para así buscar que la iglesia sea un lugar donde reine la paz, la comunión y la verdad.

El reto de Pedro fue, entonces, como sigue siendo ahora, conservar la humildad y la capacidad de pedir perdón por los errores y los abusos cometidos, ¡hasta setenta veces siete!



