Un solo cuerpo y un mismo espíritu, pues ustedes han sido llamados a una misma vocación y una misma esperanza (Ef 4,4)
Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los cristianos
En el hemisferio norte, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos se celebra tradicionalmente del 18 al 25 de enero. En el hemisferio sur, donde el mes de enero es tiempo de vacaciones, las Iglesias adoptan otras fechas para celebrar la Semana de Oración, por ejemplo, en torno a Pentecostés; ambas fechas tienen una honda referencia simbólica para la unidad de la Iglesia. Teniendo presente esta exigencia de flexibilidad, invitamos a utilizar este material a lo largo de todo el año para expresar el grado de comunión que las Iglesias ya han alcanzado y para orar juntos con el fin de alcanzar la plena unidad querida por Cristo.
El tema de este año
Para este año, las oraciones y reflexiones para la Semana de Oración por la Unidad Cristiana han sido preparadas por los fieles de la Iglesia Apostólica Armenia, junto con sus hermanos y hermanas de las Iglesias Católica Armenia y Evangélica. Estos recursos se desarrollaron, redactaron y debatieron en la histórica sede espiritual y administrativa de la Iglesia Apostólica Armenia, la Sede Madre de la Santa Etchmiadzin en Armenia, durante los inspiradores días de la bendición del Murón (óleo sagrado) y la reconsagración de la Catedral Madre, los días 28 y 29 de septiembre de 2024, tras extensas renovaciones de más de diez años. Esta conmemoración brindó al pueblo armenio junto a los miembros del grupo de redacción una oportunidad única para reflexionar, a la vez que celebrar la fe cristiana común que se mantiene viva y fructífera en nuestras iglesias hoy. Estos recursos se basan en tradiciones centenarias de oración y peticiones utilizadas por el pueblo armenio, junto con himnos originados en los antiguos monasterios e iglesias de Armenia, algunos de los cuales datan del siglo IV. La Semana de Oración por la Unidad Cristiana 2026 nos invita a inspirarnos en esta herencia cristiana compartida, al profundizar en nuestra comunión en Cristo, que une a los cristianos de todo el mundo.
La unidad es un mandato divino en el centro de nuestra identidad cristiana, más que un simple ideal. Representa la esencia del llamado de la Iglesia: un llamado a reflejar la unidad armoniosa de nuestra vida en Cristo en medio de nuestra diversidad. Esta unidad divina es fundamental para nuestra misión y se sustenta en el profundo amor de Jesucristo, quien nos ha propuesto un propósito unificado. Como afirma el apóstol Pablo en su Carta a los Efesios: «Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también ustedes fueron llamados a una misma esperanza de su vocación» (4,4). Este versículo bíblico, elegido para este año, resume la profundidad teológica de la unidad cristiana.
En las Sagradas Escrituras, el llamado de Dios a la unidad resuena desde los tiempos más remotos. Comenzando con el Antiguo Testamento, la súplica de Abram a Lot resalta el deseo divino de paz y armonía entre los fieles: «No haya contienda entre tú y yo, ni entre tus pastores y los míos, porque somos parientes» (Génesis 13,8). El llamado de Abram a la armonía junto al respeto mutuo, a pesar de su eventual separación, enfatiza la importancia de vivir en paz. Esta instrucción divina continúa en Levítico 19,18, donde Dios ordena: «No te vengarás ni guardarás rencor a ninguno de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor». Estos mandamientos nos recuerdan que el perdón y el amor son vitales para mantener la unidad dentro de la comunidad de fe.
Los Salmos celebran la belleza de la unidad entre el pueblo de Dios, declarando: «¡Cuán bueno y cuán delicioso es que los hermanos convivan en armonía!» (Salmo 133,1). Esta imagen subraya la importancia de la unidad en el designio de Dios para su pueblo. Proverbios, por otro lado, advierte contra la discordia en el pueblo de Dios, afirmando que Dios desprecia a quienes siembran discordia entre hermanos (Proverbios 6,19), y enseña que la paciencia y el perdón son esenciales para mantener la armonía (Proverbios 19,11).
En el Nuevo Testamento, Jesucristo eleva el concepto de unidad a una dimensión espiritual, reflejando la profunda relación entre Él y el Padre. La unidad entre sus seguidores no es simplemente la ausencia de conflicto, sino un profundo vínculo espiritual que refleja la unidad de la Santísima Trinidad. La oración de Jesús en Juan 17,21 llama a los creyentes a ser uno como Él y el Padre son uno, demostrando que nuestra unidad se fundamenta en nuestra relación con Cristo y nuestra misión colectiva de compartir la Buena Nueva. El mandato fundamental de Jesús de amarnos unos a otros como Él nos ha amado (Juan 13,34-35) refuerza que este amor es la esencia de nuestra unidad. Este amor sacrificial y desinteresado es tanto el vínculo de nuestra comunidad como el testimonio principal de nuestro discipulado. La oración de Jesús para que nuestra unidad sea testimonio al mundo (Juan 17,23) es un testimonio perdurable de su misión divina. Los apóstoles hacen eco de este tema en sus enseñanzas. Las epístolas de Pablo enfatizan la importancia de la unidad en la Iglesia, instándonos a vivir de acuerdo con nuestro llamado, con humildad, mansedumbre, paciencia y amor (Efesios 4,1-3). La visión de unidad de Pablo en Romanos 12,6 muestra la diversidad de dones que edifican el Cuerpo de Cristo. Su llamado a la armonía en las relaciones, en 2 Corintios 13,11 y Filipenses 2,1-2, llama a los creyentes a ser de una misma mente y un mismo espíritu en su compromiso con Cristo, reforzando así el mandato divino de unidad, reconociendo nuestra diversidad.
Efesios 4,4 resume las enseñanzas de Pablo sobre la unidad, enfatizando también aquí que los seguidores de Cristo representan “un cuerpo y un Espíritu”, unidos en una sola esperanza. Esta metáfora representa a la Iglesia como una entidad unificada que trasciende barreras geográficas, de nacionalidad, de etnia y de tradición. Pablo usa la metáfora de la Iglesia como el Cuerpo de Cristo para describir su unidad con la diversidad de sus miembros. Escribe a los corintios: “Porque, así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, aunque son muchos, son un solo cuerpo, así también es Cristo” (1 Corintios 12,12). A los colosenses, Pablo profundiza en el papel de Cristo como cabeza del cuerpo unificado de diversos miembros, afirmando: “Él es la cabeza del cuerpo, que es la iglesia” (Colosenses 1,18). Por lo tanto, la Iglesia, aunque compuesta de muchas partes, funciona como un todo cohesivo. Cada miembro tiene un rol único que contribuye a la vida y la misión general de la Iglesia. Reconocer que somos parte de un solo Cuerpo universal en Cristo fomenta la colaboración global en la difusión de su evangelio y el servicio a la humanidad, desplazando el enfoque de las divisiones internas hacia una misión colectiva. Por el contrario, limitar la Gran Comisión del Señor de ir al mundo y hacer discípulos de todas las naciones (Mateo 28,19) a una comunidad definida por fronteras étnicas, geográficas o socioeconómicas privaría a dicha colectividad de uno de los fundamentos esenciales de la Iglesia, establecido por el Señor: la unidad de sus seguidores en todo el mundo.
El concepto de “un solo cuerpo” en Efesios 4,4 también refleja la naturaleza de la Iglesia. El cristianismo trasciende las fronteras culturales y nacionales, uniendo a los creyentes de todo el mundo en la fe y la esperanza. Esta comunión, como se visualiza en Apocalipsis 7,9, donde cada cultura, tribu, pueblo e idioma está representado, brinda fortaleza y aliento a los creyentes, afirmando su conexión dentro del Cuerpo de Cristo.
Enfatizando la importancia de la unidad cristiana, Pablo añade «un solo Espíritu», refiriéndose al Espíritu Santo que sustenta esta comunidad y empodera a la Iglesia para cumplir su misión. El Espíritu Santo es la fuente de vida espiritual, así como la guía entre los creyentes, asegurando que los diversos miembros de la Iglesia estén unidos en la fe y el propósito. Fomenta una profunda conexión espiritual entre los creyentes, trascendiendo las diferencias y creando un vínculo que refleja la unidad de la Santísima Trinidad. Este vínculo espiritual compartido es la base para la reconciliación, guiando a los creyentes de todo el mundo, capacitándolos para un testimonio y un ministerio eficaces. Esta guía global ayuda a alinear las diversas expresiones de fe con la misión fundamental de la Iglesia.
La enseñanza sobre la unidad de la Iglesia es ampliada por el Apóstol en Efesios 4,4 cuando afirma que todos los cristianos están llamados a la «una sola esperanza» de salvación y vida eterna. Esta «una sola esperanza» significa que todos los creyentes aspiran a la misma meta: la vida eterna con Cristo. Este es el objetivo, la motivación final de la vida cristiana: brindar una visión, un propósito común a todos los creyentes para unirlos en su camino de fe y su vida diaria. Esta visión compartida tiende puentes entre las divisiones confesionales y culturales, animando a los cristianos a colaborar en todo lo posible. Hacer de la «esperanza compartida» el objetivo de nuestro llamado como cristianos define nuestra pertenencia a la Iglesia en términos de comunión mundial en la esperanza de salvación y vida eterna.
En un mundo con tradiciones y expresiones de fe cristiana diversas, a menudo divididas; Efesios 4,4 nos recuerda que todos los creyentes forman parte del “único cuerpo” de Cristo. Esta unidad no se trata de uniformidad, sino de un compromiso común con las verdades fundamentales de la fe cristiana. Sirve como un poderoso testimonio del poder transformador del Espíritu Santo cuando cristianos de diversos orígenes se unen con autenticidad y sinceridad, con un objetivo a una visión compartidos.
A través de sus prácticas y enseñanzas, la Iglesia Apostólica Armenia nos ofrece una profunda reflexión sobre la esencia de la unidad dentro del Cuerpo universal de Cristo, no solo como un concepto, sino como una realidad viva y palpitante. Al afirmar el Credo, los fieles declaran su creencia en la “Iglesia una, santa, católica y apostólica”, profesando así la centralidad de esta unidad en su vida espiritual. Este compromiso con la unidad encuentra su máxima expresión en las reuniones eucarísticas de la Iglesia, donde las oraciones de la comunidad no solo se dirigen a los cristianos de todo el mundo y a sus líderes espirituales, sino también a la unidad de la Iglesia misma. Cada domingo, en la liturgia, los fieles se abrazan y cantan: «La Iglesia se ha hecho una», una manifestación tangible de su fe colectiva y su propósito compartido. La rica historia martirial de la Iglesia armenia y sus líderes habla por sí sola de sus inquebrantables esfuerzos junto a la resiliencia para mantener la fe cristiana en Armenia y la región circundante. La unidad dentro de la Iglesia debe trascender la afirmación doctrinal; es una experiencia vivida que profundiza su identidad espiritual y fortalece su testimonio colectivo. Al abrazar y vivir esta unidad, la Iglesia Apostólica Armenia no solo honra sus tradiciones sagradas, sino que también contribuye significativamente a la unidad más amplia de la Iglesia universal de Cristo. Esta reflexión nos invita a reconocer, apreciar el poder transformador de la unidad, tanto dentro de nuestras propias comunidades de fe como en la Iglesia en su conjunto. La madurez espiritual implica aceptar nuestras diferencias, al mismo tiempo, buscar la unidad con el mismo vigor que la precisión doctrinal. Nuestra fortaleza reside en nuestra capacidad de reflejar a Cristo a través de la unidad, demostrando su amor y gracia al mundo. Al vivir este llamado divino, cumplimos nuestra misión y honramos a Cristo, impulsando su Reino en la tierra.
Abracemos este llamado divino a la unidad, no como un ideal abstracto, sino como una expresión vital de nuestra fe. En un mundo donde el Cuerpo de Cristo se ve herido por las divisiones dentro y entre las tradiciones y confesiones, el llamado del Apóstol a la unidad se dirige a cada uno de nosotros, no solo como comunidades eclesiales separadas, sino también como individuos dentro de nuestras comunidades. Al vivir en unidad, no solo damos testimonio del amor y el poder de nuestro Señor Jesucristo, sino que también encarnamos la esencia de sus enseñanzas. Al apoyarnos mutuamente para celebrar nuestros diversos dones y talentos, reflejemos el corazón de Cristo a la vez que promovamos su obra en la tierra.
Esquema de la celebración
P. Presidente
L. Lector
A. Asamblea
Monición
L. Hoy nos hemos reunido alrededor de Jesús Eucaristía como cristianos y, por tanto, como discípulos compañeros, porque anhelamos la unidad de los cristianos y queremos comprometernos de nuevo a trabajar para alcanzar esta meta.
Nos arrodillamos y acompañamos el canto para la exposición del Santísimo.
Exposición del Santísimo
Acompañamos con un canto
Acto de fe
A. Creo, Dios mío, que estoy en tu presencia, que me miras y escuchas mis oraciones. Tú eres infinitamente grande y santo, yo te adoro. Tú me has dado todo, yo te doy gracias. Tú has sido ofendido por mí, yo te pido perdón por mis pecados. Tú eres la misericordia infinita, yo te pido todas las gracias que consideres útiles para mí.
Padre nuestro, Ave María, Gloria.
Invitación a la oración
L. Desde el amanecer en el este hasta el atardecer en el oeste, y por todo el mundo cristiano, dondequiera que la gente invoque el nombre del Señor con santidad, que por sus oraciones e intercesión el Señor tenga misericordia de nosotros. Roguemos a Dios que nos libre del pecado y de las tentaciones del mundo. Que el Señor acepte los votos y súplicas de nuestro corazón y nos considere dignos de su fe y sus mandamientos junto con todos sus santos.
P. Señor Dios todopoderoso, resucítanos y ten piedad de nosotros.
A. Resucítanos y ten piedad de nosotros.
Letanía de alabanza
Pueden permanecer de rodillas o de pie
P. El Señor es rey. ¡Regocíjese la tierra; alégrense las numerosas costas!
Nubes y densa oscuridad lo rodean; la justicia y el derecho son el fundamento de su trono.
A. A ti se dirigen nuestros ojos, oh Dios de todo. Ten piedad de nosotros y escucha nuestras oraciones.
P. El fuego va delante de él y consume a sus adversarios por doquier.
Sus relámpagos iluminan el mundo; la tierra ve y tiembla.
A. A ti se dirigen nuestros ojos, oh Dios de todo. Ten piedad de nosotros y escucha nuestras oraciones.
P. Los montes se derriten como cera ante el Señor, ante el Señor de toda la tierra.
Los cielos proclaman su justicia; y todos los pueblos contemplan su gloria.
A. A ti se dirigen nuestros ojos, oh Dios de todo. Ten piedad de nosotros y escucha nuestras oraciones.
P. Avergüenzan a todos los que sirven a imágenes, los que se jactan de ídolos vanos; todos los dioses se inclinan ante él. Sión oye y se alegra, y las ciudades de Judá se regocijan,
por tus juicios, oh Dios.
A. A ti se dirigen nuestros ojos, oh Dios de todo. Ten piedad de nosotros y escucha nuestras oraciones.
P. Porque tú, oh Señor, eres altísimo sobre toda la tierra; eres exaltado muy por encima de todos los dioses.
Ustedes que aman al Señor, aborrezcan el mal; él guarda la vida de sus fieles; los rescata de la mano de los malvados.
A. A ti se dirigen nuestros ojos, oh Dios de todo. Ten piedad de nosotros y escucha nuestras oraciones.
P. Oh Jesucristo, Señor misericordioso, Guía de los perdidos, Luz de los que están en la oscuridad. Nuestros ojos se dirigen a ti, escucha nuestras oraciones. Que el sol de tu gloria brille, dando vida y luz a todos, de Oriente a Occidente, y de Norte a Sur. Que los rayos de tu eterna primavera nos despierten a quienes esperamos tu venida. Y así, todos como uno, que siempre te alabemos y glorifiquemos con alegría, a ti, al Padre y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.
A. Amén.
Escucha de la Palabra
Acompañamos con un canto apropiado
L. De la Carta a los Efesios (4,1-13)
Yo, pues, prisionero en el Señor, les ruego que vivan como es digno de la vocación a la que han sido llamados, con humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose unos a otros en amor, esforzándose por mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz: un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como fueron llamados a una sola esperanza de su vocación, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos.
Pero a cada uno de nosotros se nos dio la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Por eso se dice: «Cuando ascendió a lo alto, hizo cautiva la cautividad misma; dio dones a su pueblo». (Cuando dice: «Subió», ¿qué significa, sino que también había descendido a las partes más bajas de la tierra? El que descendió es el mismo que subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo.) Él mismo concedió que algunos sean apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Palabra del Dios.
A. Te alabamos, Señor.
Reflexión
San Pablo, escribiendo a la comunidad de Éfeso desde la prisión, nos deja un testamento espiritual sobre lo que significa vivir la fe en Cristo: “les ruego que vivan como es digno de la vocación a la que han sido llamados, con humildad, mansedumbre y paciencia, esforzándose en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz”.
Este texto es un verdadero himno a la unidad de la Iglesia. Pablo no parte de un mandato exterior ni de un reglamento disciplinar; parte de lo más profundo de la fe: hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos. La unidad no es, entonces, un adorno o una estrategia pastoral: es la condición misma de ser cristianos. Cuando la Iglesia vive dividida, contradice su esencia más íntima.
Pablo habla de tres actitudes que son el cimiento de esta unidad: humildad, mansedumbre y paciencia. La humildad nos hace reconocer que la fe no es conquista personal, sino don recibido. La mansedumbre nos libra de la violencia y de la imposición, recordándonos que el Evangelio solo se anuncia con la fuerza del amor. La paciencia nos da la capacidad de esperar, de escuchar, de acompañar los procesos de fe, incluso cuando no vemos frutos inmediatos.
El apóstol también recuerda que la diversidad de carismas y ministerios no amenaza la unidad, sino que la enriquece. Cristo ha dado a unos ser apóstoles, a otros profetas, evangelistas, pastores y maestros. La finalidad de todos estos dones es la misma: edificar el Cuerpo de Cristo. La Iglesia es una comunión de carismas puestos al servicio de un único Señor. Por eso, las diferencias —cuando se viven en el Espíritu— no dividen, sino que se convierten en riqueza.
Hoy oramos por la unidad de los cristianos. Sabemos que aún existen heridas históricas, separaciones y desencuentros que pesan en la memoria. Pero el Espíritu Santo sigue obrando en todos los que confiesan a Cristo como Señor. Nuestra tarea no es fabricar la unidad —esa es obra de Dios—, sino custodiarla, mantenerla, suplicarla con insistencia. El ecumenismo no es solo diálogo entre teólogos o acuerdos oficiales entre Iglesias, sino una conversión del corazón: aprender a ver en los otros no a rivales, sino a hermanos en la misma fe.
En esta Hora Santa, ante la presencia de Cristo Eucaristía, queremos dejarnos interpelar por la Palabra. Tal vez el Señor nos pida comenzar la unidad en lo pequeño: en la familia, en la comunidad, en la parroquia, evitando divisiones, envidias o competencias. La unidad empieza en la vida concreta, con actitudes de humildad, mansedumbre y paciencia.
Pidamos hoy el don de un corazón ecuménico. Que sepamos reconocer la obra del Espíritu más allá de nuestras fronteras visibles, que amemos la Iglesia como Cristo la ama, y que caminemos con esperanza hacia el día en que todos seamos un solo rebaño bajo un solo Pastor.
Plegarias de intercesión
P. Glorifiquemos a Dios Todopoderoso, que ha hecho brillar su luz sobre sus criaturas. Que ahora, una vez más, derrame su abundante misericordia sobre quienes glorifican su nombre en cánticos. Señor Todopoderoso, Dios nuestro, resucítanos y ten piedad de nosotros.
L. Misericordioso y Todopoderoso Señor Jesucristo, Hijo de Dios, tú eres la Luz verdadera, que expulsaste las tinieblas del pecado e hiciste brillar en nuestros corazones la alegría y la esperanza de tu Reino eterno.
A. Escúchanos, Señor.
L. Señor amoroso, acepta las oraciones de todos tus hijos fieles en todo el mundo, que te invocan con un solo sentir, una sola voz y un solo corazón. Por medio de tu amado discípulo Juan, prometiste que, si caminamos en tu luz, tendremos comunión unos con otros, y tu preciosa sangre nos limpiará de todo pecado. ¡Concédenos esa bendita comunión, oh Salvador!
A. Escúchanos, Señor.
L. Concédenos la paz, oh Señor amoroso, y elimina el azote de los disturbios civiles y la violencia de la faz de la tierra. Cambia los corazones de todos los que hacen la guerra y cura las heridas de todos los afligidos por ella. Consuela a todos los prisioneros de guerra y tráelos pronto a casa. Que la luz de tu amor brille en todos los rincones oscuros de nuestro mundo y apresure el día en que todos los pueblos puedan vivir en paz y con justicia.
A. Escúchanos, Señor.
L Oh Refugio y Cobijo, Señor Jesucristo, mira con compasión a los refugiados de todo el mundo, que sufren la agonía del desplazamiento y la pérdida de sus hogares. Invítanos a manifestar nuestra comunión contigo, con ellos y entre nosotros mediante gestos de hospitalidad y ayuda amorosa.
A. Escúchanos, Señor.
L. Oh Cristo, Salvador nuestro, oramos por el pueblo de Armenia y Artsaj, y sus parientes en todo el mundo, quienes hace mucho tiempo se volvieron a tu luz a través de la predicación del apóstol Tadeo y el testimonio milagroso de san Gregorio el Iluminador.
A. Escúchanos, Señor.
L. Ilumina la luz de tu justicia y sabiduría sobre todas tus criaturas. Haznos hijos de la luz y del día, para que vivamos siempre con reverencia y seamos, para todo el mundo, dignos candeleros de tu luz vivificante.
A. Escúchanos, Señor.
Oración
P. Oh Jesucristo, Luz de la Luz, habita en nosotros, que nos hemos reunido para adorar tu santo y precioso nombre. Que tu resplandor vivificante encienda en nosotros un amor más profundo. Que tu luz brillante nos impulse a una unidad cada vez más floreciente. Como diversas flores en el jardín de tu Reino, que tu divino resplandor nos haga florecer en armonía. Y así, todos como uno, que siempre te alabemos y glorifiquemos con alegría, a ti, al Padre y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.
A. Amén.
Bendición
Acompañamos con un canto apropiado
Oración conclusiva
P. Nos diste, Señor, el pan del cielo.
A. Que contiene en sí todo deleite.
P. Oh Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos que nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
A. Amén.
Bendición con el Santísimo Sacramento
Aclamaciones
Bendito sea Dios.
Bendito sea su Santo Nombre.
Bendito sea Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre.
Bendito sea el Nombre de Jesús.
Bendito sea su Sacratísimo Corazón.
Bendito sea su Preciosísima Sangre.
Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.
Bendito sea el Espíritu Santo Consolador.
Bendita sea la gran Madre de Dios, María Santísima Virgen María.
Bendita sea su Santa e Inmaculada Concepción.
Bendita sea su gloriosa Asunción.
Bendito sea el Nombre de María Virgen y Madre.
Bendito sea San José, su casto esposo.
Bendito sea Dios en sus Ángeles y en sus Santos.
Reserva del Santísimo
Canto de despedida
Acerca del texto
El esquema de esta hora santa es una adaptación de los subsidios para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2026, los cuales fueron preparados por los fieles de la Iglesia Apostólica Armenia, junto con sus hermanos y hermanas de las Iglesias Católica Armenia y Evangélica.



